Señoras que dejan a sus maridos porque se enamoran de otras señoraspor María Jesús Méndez
Ilustración: Marta Domenrcq
Se casan con un hombre sabiendo que es un error o simplemente porque piensan que es lo correcto. Llevan una apacible vida de madres y esposas hasta que se enamoran de una mujer o deciden cortar con todo y desafiar el entorno para buscar lo que nunca antes se atrevieron. Marta, Silvia y Elena, señoras con hijos que han dejado a sus maridos y ahora viven como lesbianas, nos cuentan sus historias.
El día que Marta (31) se casó con Carlos tenía 26 años y un hijo de dos y medio. Envuelta en su vestido blanco bailó casi todas las canciones de los años 80 que cuidadosamente había escogido, posó en cientos de fotos y sonrió toda la noche.
Lo que ninguno de sus 130 invitados podía imaginar al contemplar a Marta era que la radiante novia que desempeñaba tan bien su papel, había descubierto hacía muy poco tiempo que era lesbiana.

Ocurrió un par de meses antes, durante los preparativos. “Empecé a organizar la boda con mucha ilusión, pero me empecé a encontrar medio rara, algo había que no funcionaba en la relación. Carlos me quería mucho, todo lo tenía con él, pero veía que algo fallaba, sobre todo en la cama. No me excitaba realmente; al principio sí, mucho, y estuve con un montón de chicos. Pero no era lo que yo quería. Empecé a investigar. No sabía muy bien qué me pasaba, pero tenía la sensación de que podían gustarme las chicas. Empecé a meterme en chats y a conocer gente, pero no para liarme con una chica, si no para hablar y que me contaran su experiencia”, relata Marta.
A la vez que coordinaba la lista de invitados, decidía los menús y cuidaba de su hijo, Marta salía por Chueca y quedaba con lesbianas que le contaban sus historias, transiciones y, sobre todo, lo que más curiosidad despertaba en Marta: la sensación de amar a una mujer en la cama y en la vida.
“Me di cuenta de que era eso lo que yo quería sentir. No sé por qué me casé; yo creo que por miedo a anular la boda, por cobardía. Pensaba que quizás se me iba a pasar. No porque yo tuviera un problema al pensar que fuera lesbiana, pero tenía muchos años de relación con mi ex, teníamos un hijo de dos años y medio, teníamos un montón de planes para nuestra vida juntos, nos queríamos mucho… Había cosas que fallaban, pero pensaba ilusamente que podían arreglarse. Y me hacía ilusión la boda. Fue una mezcla de egoísmo y cobardía. Me casé sabiendo que la iba a cagar.”
Después de la luna de miel, Carlos volvió a trabajar y Marta al ordenador y los chats de lesbianas. A través de una amiga conoció a Loly, que vivía en Lanzarote. “La vi por la webcam del messenger y me encantó. Era guapísima y no había conocido a una lesbiana tan guapa. Desde ese día comenzamos a hablar todos. Fue raro, porque empecé a tener sentimientos por ella. No me daba miedo, al contrario, me apetecía conocerla, pero ella no quería; acababa de dejarlo con una novia en Barcelona y no estaba preparada para tener algo a distancia otra vez.”
Cuando Marta conoció a Loly por Internet habían pasado dos semanas desde la boda y la vida sexual de Marta y Carlos empeoraba.
Deseosa de cambiar su vida, Marta convenció a Loly y un mes después hizo su maleta, mintió a su familia diciendo que se iría con una amiga y tomó un avión a Lanzarote.
“Fueron tres días maravillosos. Cuando nos besamos sentí que era el primer beso de toda mi vida. Hasta se me cayó la maleta del hombro. Esas mariposas, los nervios, la indefensión, la ilusión, la expectación… Fue un fin de semana lleno de nuevas sensaciones: su piel tan suave, el olor de su cuello, tomarle la mano.”
Antes de irse, Marta le dijo a Loly que la quería, lloró en el aeropuerto y lloró las dos horas y media de vuelta a Madrid, sintiendo que había encontrado la vida que había estado buscando y que no quería abandonarla ahora.
“Llegar a casa fue horrible. Era una realidad que sentía que no me correspondía, que sentía que no quería. No me había planteado aún decirle nada a Carlos, pero me preguntó qué me pasaba. Y se lo dije sin pensarlo, le dije que me había enamorado de una chica. Empecé a llorar y él también. Fue muy dramático. Me dijo que cómo le había podido hacer esto, que por qué, que nos acabábamos de casar. Y al día siguiente ya hablamos que no iba a funcionar. Días después me fui a casa de mis padres. Mis padres no me presionaron, pero sí esperaban que les diera una explicación. Me decían que había hecho las cosas mal. La familia de él dejó de hablarme un tiempo, y con su hermana, que era una de mis mejores amigas, no volvimos a retomar la relación.”
Marta y Carlos se divorciaron y repartieron la custodia del niño quince días cada uno. Marta y Loly mantuvieron una relación a distancia durante un año. Después Loly se trasladó a Madrid y vivieron juntas otros tres.
Actualmente Marta está soltera, pero como dice su hijo que ya tiene siete años: no esperando un príncipe, sino una princesa azul.
Educada para madre y esposa. Hasta que…Antes de reencontrar a Maricarmen, los días en la vida de Silvia (47) se parecían tanto que casi no diferenciaba uno de otro. Se levantaba sobre las siete de la mañana, preparaba el desayuno para su marido y sus dos hijos. Cuando el marido se iba a la oficina y los niños al colegio, ponía la televisión de fondo, recogía, limpiaba y preparaba la comida. Por la tarde planchaba, ordenaba el desastre que dejaban los niños, visitaba a su madre, preparaba la cena y se acostaba sobre las once para, al día siguiente, volver a empezar.
Silvia se casó con 28 años y desde ese día dejó de trabajar para dedicarse a la crianza de sus hijos que hoy tienen 17 y 14 años. “Nunca me planteé otro tipo de vida. Era lo que me había tocado vivir y yo creía que estaba feliz. Más bien estaba conforme, me habían educado para ser mamá y esposa las 24 horas y yo cumplía mi papel perfectamente”, cuenta Silvia.
Un día, hace cuatro años, Silvia asistió a una reunión de ex compañeros de colegio en un club de campo. “De repente, a lo lejos, divisé a una amiga con la que había perdido el contacto por muchos años. Ella se había ido a vivir a Noruega con sus papás como a los 15 o 16 años. Me llamó la atención porque estaba muy alta, muy regia, con el pelo corto y vestida más masculina que femenina. Alguien le preguntó si estaba casada o si tenía novio, y ella dijo frente a todo el mundo que no, que acababa de dejar una relación larga con una mujer. Todos nos quedamos sorprendidos. Ella era muy abierta y no se avergonzaba de nada, pero nuestra mentalidad era más cerrada. Aquí en Chile somos más conservadores, sobre todo la gente de mi generación. Esas cosas se hablan de puertas para dentro y ella lo gritó al viento. La admiré por eso y no me separé de ella en todo el día.”
Desde entonces, las actividades que llenaban los días de Silvia fueron paulatinamente descuidadas y reemplazadas por un café después de comer, un cóctel antes de cenar, una película el fin de semana junto a Maricarmen.
“Empecé a sentirme más contenta saliendo con Maricarmen que en mi casa o que en cualquier otro lugar. Si me juntaba un día con ella me arreglaba mucho antes de salir, si me decía que me veía guapa o me echaba un piropo pensaba en eso todo el día. Me sentía igual que mis sobrinas quinceañeras que andaban por la casa suspirando porque el niño que les gustaba les había guiñado el ojo. Pero era medio bipolar, porque por un lado me sentía en las nubes y por otro lado no entendía qué me estaba pasando. Al principio pensaba que me sentía feliz sólo por salir más de casa y distraerme, pero ella no era para mí cualquier amiga. Si me pasaba algo bueno o malo a la primera persona que se lo decía era ella, si veía algo bonito me daban ganas de comprárselo a ella, a veces estaba durmiendo con mi marido o viendo la tele con él y pensaba que sería mucho más entretenido si en vez de él estuviera ella.
Pero ese sentimiento romántico me confundía. No es que nunca me hubiera gustado una mujer, es que eso no cabía en mi cabeza. Toda la vida educada para ser madre y esposa y de repente yo me pasaba el día pensando en una mujer. Además en mi entorno, tan tradicional y racional, pensaba que se burlarían de mí si decía que me sentía así.”
Maricarmen y Silvia se liaron al mes y medio de conocerse, en la semioscuridad de una sala de cine. Desde entonces los días de Silvia ya no volvieron a parecerse y confundirse. Durante más de un año espaciaba las labores hogareñas, cocinaba platos rápidos y cada día se hacía de al menos tres horas para pasarlas con Maricarmen.

“Todo iba de maravilla hasta que aparecieron los celos. Ella no soportaba que yo me fuera a casa con mi marido, durmiera con él y eventualmente tuviera sexo con él. Y como yo no estaba al cien por cien, ella dijo que tampoco lo estaría y empezó a salir con otras mujeres. Ahí yo sentí que me moría y que tenía que tomar una decisión. No quería perderla, pero tenía miedo a desarmar una familia.”
La primera batalla la ganó el miedo. Silvia se sintió incapaz de contarles la verdad a sus padres, a su marido, a sus hijos. Maricarmen se alejó y los días de Silvia volvieron a ser como antes, pero esta vez un poco peor, porque además de iguales, eran tristes.
“Ese fue un periodo muy duro porque se juntó todo. Mi hermano enfermó de cáncer. No levantaba cabeza. A veces esas experiencias te ayudan a entender que la vida es muy corta y que tienes que luchar por lo que quieres porque no tenemos un botón de retroceso como en los controles remotos. Maricarmen ya estaba en otra cosa y no quería arriesgarse otra vez conmigo, pero la busqué y se lo demostré. Cuando la recuperé se lo dije a mi marido. Se lo tomó mal, no lo entendió. Mis padres tampoco. Decían que estaba confundida, que la gente homosexual es homosexual desde que nace y yo había pasado 43 años de mi vida con hombres.”
La mayor preocupación de Silvia eran sus niños, aunque curiosamente fueron los que más fácil comprendieron que mamá se había enamorado de una mujer.
Silvia dejó a su marido y desde hace tres años vive en un apartamento con Maricarmen. Al comienzo de la separación les dio a sus hijos la opción de escoger con quién preferían vivir. Los niños, que en ese momento eligieron quedarse en casa con el padre, ahora viven con Silvia y Maricarmen.
“Al principio fue muy chocante para todos: la familia, los amigos, los niños… Pero las cosas son chocantes hasta que nos acostumbramos a ello, lo conocemos y lo vamos viendo normal. Maricarmen y los niños se adoran. Ella se lleva muy bien con mis papás y mis hermanos.
Todo tiene su tiempo, es un proceso. Pero ahora estoy en un momento muy bueno de mi vida. Me alegro de haber tomado la decisión de cambiar mi vida. Tengo trabajo, las dos llevamos la casa y estamos tratando de tener un hijo por inseminación. Así que a esperar lo que nos depare la vida”, concluye Silvia.
Salir del armario con el hijo y los padres“¿Pero qué más quieres? Tenemos una buena casa, un hijo, coches, dos trabajos y un buen entorno, ¿qué más necesitas?”, le preguntó a Elena su marido cuando ella le planteó divorciarse. “Quiero más. Quiero ser feliz”, contestó ella.
Elena (40) tenía entonces 31. Se había casado a los 27 con el novio que había tenido durante una década. Cuando se casó sabía que le gustaban las mujeres, pero no se sentía con la fuerza necesaria para descolocar la mentalidad católica y tradicional de su familia. Durante su adolescencia, uno de sus tíos se declaró gay y la reacción del entorno fue terrible para ella. Además, la única aventura que había tenido con una chica antes de casarse había terminado en desilusión.
“Mi matrimonio fue una vía de escape. Dije: Ya veremos lo que va pasando. Lo que pasó es que fracasó. Era una vida monótona y aburrida. Él pasó de: Mi mamá es la que me cuida a Mi mujer es la que me cuida. Y yo era como: Esta es la vida que hay y esto es lo que me ha tocado, cuidar a este hombre. Los dos últimos años casi no tuvimos vida sexual.”
El último año Elena mantuvo una relación paralela con una amiga bisexual que fue el motor que la impulsó a dejar a su marido y buscarle sentido a su vida, buscar un camino que la hiciera más feliz.
“Sabía que me gustaban las mujeres pero tenía que descubrir si era eso lo que quería. Había tenido una experiencia mala pero tenía que buscar ser feliz. Si yo no era feliz no podía hacer feliz a mi hijo.”
Elena se divorció de su marido y comenzó a salir para ligar. “Pensaba que sería todo muy fácil, salir por Chueca y comerme el mundo. Y no fue así”, recuerda Elena entre risas. Mediante Internet hizo un grupo de amigas, en el que encontró a su actual pareja con la que lleva 8 años, Lulú.
Lulú y Elena, cada una en su casa, mantuvieron una relación en el armario durante cuatro años. Todo cambió cuando Lulú se quedó sin trabajo y decidieron recortar gastos viviendo juntas y diciendo ante todo el mundo que era sólo una muestra de la “gran amistad” que las unía.
El armario se les hizo pequeño y sofocante cuando la sicóloga que trataba al niño, que ya tenía 8, le dijo a Elena que su hijo llevaba tan mal el divorcio porque el que su madre no tuviera novio era una puerta abierta ante la posible reconciliación de sus padres.
No tenía opción, debía decírselo a su hijo. Pero como su hijo comía todos los días en casa de sus abuelos, Elena debía a la vez decírselo a sus padres.
“Estaba nerviosa, no quería pasar por eso, pero por otro lado sentía la necesidad de verbalizarlo. Los senté y lo solté rápido: ‘mira mamá, mira papá. Soy gay’. Mi madre me dijo: ‘lo sabíamos, ¿para qué tenías que decirlo?’. Mi madre es de la mentalidad de que si no se dice no existe. Mi padre dijo: ‘bueno, pues ya está. Lulú puede venir a todas las celebraciones familiares’, él es más liberal. Mi madre en ese momento dijo que no. Pero lo de ella fue un proceso. Primero le preocupaba haber hecho algo mal ella al criarme, pero después fue viendo que yo estaba bien, que el niño quería mucho a Lulú y Lulú a él y que mis tías y mi familia la aceptaban, así que ella la fue aceptando cada vez más, le ha hecho comidas espectaculares, la trata muy bien. Antes me hablaba de tú, ahora habla de vosotras”.
Elena y Lulú ingresaron a la Asociación de Gays y Lesbianas con Hijos e Hijas (Galehi), donde el hijo de Elena conoció a niños en su misma situación y fue normalizando el lesbianismo de su madre. Se unió más a Lulú y cada vez que quiere tomar una foto de lo que él llama “su familia”, posa en medio de ambas.
tomado de: http://mirales.es/?p=2850